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Santa noche con Loli Molina

En la entrada del Centro Cultural Santos 4040 del barrio porteño Chacarita, el público se amontona para poder ingresar a la sala con tickets en mano. Mientras, intentan apañar el frío de la medianoche entre cerveza artesanal y tabaco. Puertas adentro, el clima es cálido: una luz tenue inunda el salón donde Loli Molina está terminando la primera de sus dos funciones del viernes.

Es la segunda función de la noche y Loli avisa que va por la cuarta cerveza. La escena parece sacada del rock under que se conoció en los 80: está sentada en una silla al igual que los doscientos espectadores que la acompañan. El público aguarda en silencio la siguiente canción. “Ahora… estoy flasheando”, dice la cantautora mientras reversiona Viajando, uno de los hits de su tercer álbum, Rubí, el primero como artista y productora independiente. “La semana pasada me di cuenta que Flasheando y Viajando son lo mismo en sílabas. Y bueno, viajar es como flashear y viceversa. Me parece que queda bien”, cuenta entre risas y un trago de cerveza.

Durante dos horas, la pequeña sala de Santos se convirtió en una enciclopedia musical que atravesó el folk, el jazz, el blues, el soul, el rock y el pop, con los destellos clásicos usuales de la artista. Dentro del repertorio elegido para este concierto, estuvieron Biromes y servilletas de Leo Masliah, Eco de David Aguilar, Luchín de Víctor Jara y Joga de Bjork. Además, interpretó varios temas de su primer disco, Los senderos amarillos, y de Rubí. Si el protagonismo de esta voz célebre del Indie era poco, el pianista Andrés Beeuwsaert subió al escenario para complementar a Loli y a su guitarra, durante poco más de la mitad del show. En el cierre del concierto se sumó el bajista Javier Malosetti  con el que tocaron tres temas.

A pesar de haber realizado cinco shows en tan solo diez días, contando la presentación en el Teatro Colón en el Homenaje Sinfónico a Violeta Parra, un concierto en la ciudad de La Plata y los dos de la noche del viernes; Loli no pierde la frescura. La instrumentista está de paso por Buenos Aires, la ciudad en la que nació y en la que hoy en día ya no vive, reside en México desde el año pasado. “Tocar en mi ciudad, en la que ya no vivo, es una sensación fuerte pero muy hermosa. Es como si todos ustedes me hubiesen ido a buscar a Ezeiza”, explica esta mujer de 30 años que parece haber nacido arriba de un escenario.

“Siento que Rubí ya lo dio todo. Ahora estoy trabajando en dos nuevos proyectos”, deslizó Loli desde el escenario con esa honestidad que la caracteriza. A diez años del lanzamiento de su primer LP como solista, Los senderos amarillos, Molina se encuentra cada vez más sólida como artista independiente. “Uno de los dos discos en los que estoy trabajando es la Loli que ya conocen con su guitarra”, adelantó, y agregó: “el otro proyecto es distinto. Quiero que me haga tronar”. La expectativa es grande y esperamos tener novedades durante el año próximo.

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